viernes, 23 de octubre de 2015

¿Un monstruo debajo de la cama?

Se asomó en cuclillas por debajo de la cama.
Allí no había nadie.
No lo podía entender. Estaba seguro de que había escuchado un ruido gutural que provenía de aquel oscuro lugar.
Se quedó pensativo, imaginando que habría hecho él mismo en aquella situación cuando era más pequeño.
Ya lo tenía.
¡Quedarse acurrucado en su cama y envuelto en la protección mágica de sus sabanas! Allí nadie lo tocaría. Fuera lo que fuera.
Sin embargo, ya era mayor. Ya no podía estar pendiente de falacias extravagantes sin sentido.
Ya hacía tiempo que comprendía que los demonios no viven debajo de la cama sino dentro de cada uno.
Así, que volvió a mirar debajo de aquel antiguo colchón con la esperanza de no encontrar nada.
Pero no fue así…
Justo a sus pies, un gran manto de pelo negro se movía insistentemente con necesidad de salir de aquel agujero.
Se asustó y reaccionó con malestar.
Sin detenerse a pensar, subió sus pies a la cama y se hizo un ovillo.
¿Un monstruo debajo de la cama?
Claro. Y lo siguiente que iba a ser… ¿Un duende saliendo del armario?
Atónito e incrédulo decidió volver a ser valiente.
Es lo que tocaba si quería ser la persona mayor que ya era.
Respiró profundamente y repitió la misma jugada.
Sin quererlo, dio un grito de angustia.
Allí seguía la bestia. Con su pelo negro haciendo ruidos extraños y desagradables.
No podía más.
Rompió a llorar desconsoladamente.
Gemía porque ya era mayor pero aún tenía miedos. Lloraba sin consuelo porque no se veía capaz de salir de aquel atolladero él solo…
De repente una luz en el pasillo se encendió.
Se cubrió rápidamente con las sabanas para no ser descubierto.
Una voz conocida se escuchó en la habitación.
- ¿Qué te pasa mi niño? – Susurró la voz.
Él no podía dejar de llorar y sollozar con la respiración entrecortada.
- Algo... Ahí… Debajo de la cama… - Consiguió decir.
- Ven mi tesoro… No pasa nada.
Y sintió un abrazo largo y profundo que le calmó el alma.
- Te he dicho muchas veces que para ser mayor no hay que dejar de tener miedos. Puedes sentir miedo y cada vez que ocurra, llámame a mí. Siempre vendré a acunarte tengas la edad que tengas. Mi pequeño niño.
Con una sonrisa de oreja a oreja, él se calmó.
Podía seguir siendo un niño.
Y lo más importante de todo… Podía buscar la protección que necesitaba sin remordimientos.
Al fin y al cabo solo tenía once años.
Respiró tranquilo y volvió a dormirse.


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