miércoles, 26 de marzo de 2014

Caminar descalzo

Cierra los ojos y respira profundamente tres veces.
Observa mentalmente tus pies.
Imagina que caminas descalzo y muy despacio por encima de un césped muy verde.
Siente el tacto de la hierba en las plantas de tus pies.
Nota la humedad y el frescor.
Solo ves tus pies y el césped, pero sabes que si levantas la vista, un paisaje bello rodeará tus pasos.
Te sientes feliz y a salvo.
En estos instantes, nada importa. Solo esas sensaciones que te recorren el cuerpo.
Continuas andando y en tu camino, te encuentras con una hermosa flor con los pétalos muy grandes.
La observas con cuidado y te das cuenta de que te está transmitiendo algo.
Te arrodillas y tocas sutilmente una de sus hojas.
Cierra los ojos.
Escucha el viento y el silencio que existe en ese lugar remoto.
Aquella flor te hace sentir parte del entorno.
Deseas estar más cerca de ese ser y sentirte igual de viva que la planta.
Con solo desearlo, tu cuerpo se transforma en el centro de la flor.
Ahora mismo, formas parte de la flor que observabas.
Debajo de ti, el césped parece mucho más verde que antes.
Pequeños insectos, imperceptibles por ti cuando caminabas, revolotean a tu alrededor.
Un murmullo de agua te hace estar alerta.
Un pequeño riachuelo llega hasta ti, rodeándote y bañando todo tu ser.
Estás muy feliz de estar siendo regado.
Respira profundamente una vez.
Tu cuerpo poco a poco, va saliendo del trance y vuelves a ser tu mismo.
Tus pies siguen cerca de la flor de pétalos grandes.
La miras y sonríes.
Sabes lo que siente esa forma de vida que parecía tan distinta a ti, hace tan solo unos segundos.
Conoces sus sensaciones y sus necesidades.
Eres parte de ese mundo que te rodea.
Eres esa naturaleza que atraviesas con paso lento.
Aceptas el hecho de volver a ser tu misma.
Mira hacia arriba y nota el sol en tu cara.
Repite para ti: Todo está bien. Todo va a salir bien. La vida es maravillosa.
Respira profundamente una vez.
Abre los ojos.




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