lunes, 21 de marzo de 2016

Decir adiós



Cuando me diagnosticaron Artritis Idiopática Juvenil ya tenía dolores desde hace tiempo.

A pesar de todo, ponerle un nombre a lo que me estaba pasando fue por una parte un alivio y por otro, una llamada a la realidad.

Y aunque era pequeña, tuve que afrontar la enfermedad como se enfrenta cualquiera a una nueva situación.

Recuerdo como pasé por todas las fases del duelo. Yo no había perdido a nadie físicamente pero había dejado atrás a la niña que fui... aquella que "murió" un poco, después de la enfermedad.

Decir adiós a quién no volvería a ser, quizás me hizo crecer antes de tiempo y gracias a ello y a esa experiencia, tuve la suerte de ver por los ojos de los demás y aprender mucho de esos caóticos cambios.

1. Negación. Negar aquello que nos está pasando es una reacción lógica al cambio. Muchas emociones están dentro de nosotros y hemos de aprender a gestionarlas.

En mi caso deseaba no ser yo la que tenía aquella enfermedad con aquellas limitaciones tan dolorosas. Negaba lo que me estaba pasando y eso me llevó al siguiente paso en mi "pequeño duelo". La ira.

2. Ira.  Estar enfadados un tiempo es otro escalón por el que pasar cuando hemos de decir adiós.
Yo, a pesar de ser una niña alegre me levantaba todos los días enfadada. No sólo por los dolores... también por que no podía hacer lo mismo que antes...

3. Negociación. Después llega este paso. Negociar contigo mismo o con algo o alguien nos hace darnos cuenta poco a poco que el cambio está ahí.

Por ejemplo podemos negociar con nosotros mismos y pensar que si hacemos alguna cosa todo volverá a ser igual.

4. Depresión. Cuando vemos que la negociación no avanza y que el cambio sigue su curso, entramos en un periodo de tristeza profunda. La pena de no recuperar aquello que teníamos nos sumerge en un pozo del que poco a poco podremos salir.

Yo, después de negociar volver a tener físicamente la misma movilidad y no conseguirla, me di cuenta de que aquello sería para siempre.

5. Aceptación. Saber que las secuelas de mi enfermedad no se irían, supuso un bache muy fuerte que me afectó en toda mi adolescencia... Sin embargo igual que el ave fénix surge de sus cenizas, una nueva yo se aventuró a ser lo que ya era. Mi condición física no era la misma pero yo tenía (y tengo) en mi mano, seguir tan sana como podía.

Aceptar un adiós no es fácil, pero al final se llega a hacerlo.  Es muy necesario pasar por todas las fases para afrontar la situación con éxito.

Así que no dejes ninguna atrás. Y tomate tu tiempo. No te rijas solo por la experiencia de otra persona. Cada cual tiene su ritmo.
Eso sí. Cuando tu pena o tu desazón interfiera en tu vida diaria, busca ayuda.

Ánimo. Tú puedes.


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