Hoy tiene que hacer millones de cosas. No puede entretenerse.
Sus pasos, sin embargo, se van haciendo cada vez más pesados.
La calle parece cada vez más larga.
Sus pensamientos son un hervidero de actividades.
Su mente ya ha realizado aquel encargo diez veces, mientras sus pies se dirigen veloces a su destino.
Piensa: no voy a llegar, no me va a dar tiempo a todo, seguro que hay un atasco, nada me va a salir bien…
Sin querer, mira hacía sus pies, que parecen dos losas de cemento.
Les echa la culpa: si no fuera por estos zapatos, necesito ir más deprisa…
Dobla la esquina y se encuentra con una manifestación: claro, es lo que tenía que ocurrir, todo me pasa a mí… (Vuelve a pensar).
Decide dar media vuelta para buscar otro camino alternativo.
Su mente sigue parándole: no voy a encontrar otra calle, llegaré tarde, no creo que esto vaya a mejor…
Y así continúa durante la mayor parte del día.
Al caer la noche, llega a su casa.
Al agotamiento físico, se le une el agotamiento mental. Los “no puedo”, han hecho mella. Al final, el día ha sido terrible. Ha hecho cosas, pero otras importantes las ha dejado de lado.
Ha cumplido sus obligaciones, pero está triste y sin fuerza.
Lo que le gusta, lo que le motiva, no lo ha llevado a cabo.
Mañana lo haré… piensa por un momento. Pero enseguida, se da cuenta de que será imposible que eso pase. Si no ha ocurrido hoy, ¿por qué iba a ser diferente mañana? Y sus pensamientos siguen parándole.
Observa tu mente.
Despierta cada mañana con la intención de estar consciente. De creer que todo lo que quieres hacer, lo harás sin problemas de ningún tipo. No alimentes tu mente con pensamientos negativos y paralizadores. Tu mente es poderosa.
Dí “sí puedo”, “sí lo conseguiré”.
No seas tú el que te pare los pies.
No te estanques.