Erase una vez un oso panda al que le gustaba mucho dar abrazos gigantes.
El oso vivía en un bosque, rodeado de otros animales.
El bosque era un lugar mágico, donde multitud de especies se reunían alrededor del árbol central. Un gran árbol centenario que había visto y vivido muchas experiencias.
El protagonista de nuestra historia, el oso al que le gustaba dar abrazos, tenía un pequeño amigo cerdo. Un animal arisco y al que no le gustaba nada el contacto.
Oso le pedía todos los días un abrazo pero el pequeño cerdo amarillo nunca le hacía caso.
Así que el oso decidido le dijo:
- No pasa nada. Tú eres así. Mi amigo... todos los días te daré yo un abrazo aunque tú no lo quieras.
El cerdo al ver aquella actitud, optó por evitar al oso.
Y lo consiguió durante muchas semanas, hasta que una tarde oso le dio un abrazo de oso gigante al pequeño cerdo.
Lo hizo de espaldas y con muchas ganas.
El cerdito se quedó petrificado y comenzó a llorar.
Todas las mañanas oso abrazaba a cerdo con mucho cariño y poco a poco el llanto del cerdito se fue transformando en una gran sonrisa.
- Muchas gracias - Le dijo cerdo a oso - Necesitaba mil abrazos. A partir de hoy seré yo el que te daré los abrazos.
Desde ese día oso y cerdo se abrazan cada día y disfrutan el uno del otro en mitad del bosque mágico. Rodeados de vida y de amor.
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lunes, 7 de marzo de 2016
miércoles, 23 de abril de 2014
“Los últimos seres de la tierra”
Corría deprisa
entre la gente.
Su mirada
pérdida denotaba que algo no muy bueno le había ocurrido.
Quien se
cruzaba con él, se podía imaginar que acudía a un velatorio de algún familiar
cercano, o quizás al hospital más próximo.
Sus facciones
no daban lugar a dudas: era una persona triste.
Cuando por fin
llegó a su destino, el que tanto corría sin hacer caso omiso a nada ni a nadie,
se detuvo en seco en la puerta de un gran edificio.
Arriba de la
entrada se podía leer en letras grandes y llamativas: Martínez e hijos.
El hombre
agachó la cabeza, tragó saliva y entró con poca decisión en el portal.
Allí, un señor
de unos setenta años, le saludó sin mucha efusividad.
- Buenas
madrugadas – Le dijo – Ya llega tarde. Están todos arriba.
El chico
triste, volvió a tragar saliva y asintió levemente.
Cogió el
ascensor más cercano a las escaleras y se dejó caer en el cristal.
Era un día
duro. Su rostro seguía triste, pero poco a poco, fue tornándose diferente… Una gran
sonrisa forzada inundó su cara de alegría fingida.
- Muy buenos
días – Expresó nada más llegar al octavo piso – Creo que hoy es el mejor día
del mundo.
Con la voz en
falsete, el hombre se arrastró con la cabeza gacha hacía el despacho de su
jefe.
- Papá –
Comenzó a decir el joven – Hoy me voy. He venido temprano para avisarte y no
dejarte las cosas sin resolver.
El padre lo
miró sin expresión alguna y le ordenó con un gesto, que se sentará junto a los
demás empleados.
- La vida se
nos está yendo de las manos – Continuó el hombre de negocios – Hay que darle un
vuelco a nuestros objetivos. Hay que ser más listos que los demás.
El chico
levantó la mano en un intento de que le hicieran caso.
- ¡Eso es
exactamente lo que yo digo! – Gritó – Hoy me voy – Volvió a decir.
Nadie le hizo
caso.
El ambiente
gris que asfixiaba el lugar, era cada vez más palpable.
Nadie dejaba de
sonreír con las ganas de un animal recién apresado. Entonces ocurrió.
Detrás de la
ventana doble que debía iluminar la habitación, si hubiera sido más de día
fuera, cientos de pájaros se golpearon una y otra vez.
Nadie hizo
caso.
Solo el chico
con cara triste, decidió decir de nuevo algo:
- Es el fin del
mundo – Señaló con fuerza – Hoy nos vamos todos.
Esta vez una
mujer mayor, lo miró y asintió.
- Ya todo se
acaba – Dijo la mujer – Y aquí estamos nosotros como si fueranos a vivir cien
años – Dio la impresión de que sonreía – No es momento de reuniones señores…
Hoy nos vamos todos.
Sin miedo al
final, el hombre que tanto había corrido para llegar a su lugar de trabajo, se
desprendió de la corbata y se sentó desganadamente en una de las sillas con
ruedas de la estancia.
- Por fin
sabremos que hay al otro lado – Dijo.
Su padre
continuó la charla sin pestañear.
- Somos los líderes
del sector y nada nos puede parar – Enunció – Ni siquiera el fin del mundo.
Todos se
miraron entre sí y casi todos aceptaron las palabras del jefe.
La mujer que
había hablado se levantó y se dirigió al lado del hombre de negocios. Tocándole
el brazo dijo:
- Déjalo cariño
– Suspiró – Tu hijo lleva razón. Ya no habrá mañana y nada de esto tiene
sentido. Vayamos a casa y terminemos de forma más humana.
El chico
sonrió, esta vez de verdad, y abrazó a su madre.
- Creía que era
el único que se daba cuenta del final – Dijo – Menos mal que tú también
comprendes las cosas.
La madre
asintió, agarró la mano de su hijo y salieron de la amplia habitación.
Ya en la calle,
todo estaba en su lugar. Nadie parecía haberse percatado del fin. Ruido de
coches, autobuses llenos de gente… Todo era un caos propio del fin del mundo…
A pesar de
todo, solo la madre y el hijo iban hacía su casa, con las manos entrelazadas y
con una expresión de paz en el rostro.
- Mamá – Dijo el
joven - ¿Por qué hoy sí te has venido conmigo?
El chico parecía
sorprendido.
- Es la primera
vez que te creo – Le dijo la madre – Aunque llevas haciendo esto todas las
semanas desde hace veinte años, hoy me he dado cuenta de que los locos son
ellos.
El joven
sonrió.
- Mamá –
Susurró - ¿Vendrás conmigo la semana que viene para convencerles?
La mujer seria
pero tranquila, afirmó:
- No solo
vendré contigo hijo – Hizo una pausa – Sino que todo cobrará sentido para tu
padre y hermanos. Tienen que despertar y darse cuenta del error en el que viven…
Caminaban tan
despacio que parecían hacerlo a cámara lenta.
Como si de una película
se tratara, la muchedumbre casi los atravesaba sin reparo.
- Ya somos de
nuevo invisibles – Dijo el joven – Chocan con nosotros y ni nos miran.
- Vaya… Lo
siento por todos – Expresó la madre – Parece que seremos los únicos en el fin
del mundo conscientes de los acontecimientos.
Apretó con
fuerza la mano de su hijo y continuaron caminando entre la gente, convencidos
de que lo importante estaba junto a ellos. Se miraron y aceptaron ser los
últimos seres de la tierra. Ese era su final. Y estaban conscientes.
Felices, se
abrazaron y se dejaron caer en un banco de la calle.
Una pareja de
ancianos, pasó despacio cerca de ellos y los miraron:
- Mira – Dijo el
hombre mayor – Ahí están otra vez esos pordioseros.
- No les llames
así – Le regañó la anciana – Seguro que saben más que muchos de nosotros. Dales
ya la limosna para el café y vámonos a casa.
La madre y el
hijo, agradecieron el gesto, no sin antes anunciarles el fin:
- Es el final
para todos – Dijeron al unísono – Quiéranse hoy. Dense abrazos. Llamen a sus
hijos. Sonrían. Bailen. Caminen con felicidad. Hoy es el fin del mundo. Avisados
quedan.
miércoles, 19 de marzo de 2014
El amor y la muerte
Hace
pocos días en España, falleció una niña que participaba en un programa
televisivo, debida a una larga enfermedad.
Esa
noticia, nos abrió un poco los ojos a la realidad de muchas personas, entre
ellas niños y niñas de corta edad.
La
muerte forma parte de nuestra vida, aunque no queramos verla ni pensar en ella.
Cuando
le ocurre a alguien con tan poco tiempo vivido, casi siempre nos lamentamos por
él y por sus familiares y seres queridos. Lo mismo ocurre, cuando sabemos de
niños con enfermedades incapacitantes.
Aceptar
la enfermedad y la muerte, no significa someternos a la aflicción y a la pena,
sino todo lo contrario.
Aprendemos
de todos y de todo.
Los
niños también son maestros.
Ellos,
cuando se enfrentan a situaciones dolorosas y difíciles, se muestran muchas
veces, más maduros que los propios adultos.
Cuando
crecemos, nos vamos llenando de miedos y de estereotipos.
Cuando
somos pequeños, disfrutamos del ahora, aún inconscientemente, quizás, como
nunca lo haremos.
Un
niño o una niña enferma, son pequeñas luces en nuestro camino.
Luces
que nos hablan acerca de lo importante de la vida y de su inseparable muerte.
El
amor, aunque suene poco actual en estos tiempos repletos de materialismo, es la
clave de la felicidad y de esta vida, que anhelamos experimentar con todos
nuestros sentidos.
En
algún lugar del mundo, existe ahora mismo un gran maestro o maestra, ofreciendo
su sabiduría y amor, a los seres que los rodean.
No
están tristes, aunque sientan dolor. Siguen jugando, a pesar de las heridas.
Son
pequeños grandes héroes, en los que no me incluyo por supuesto, a pesar de
haber convivido con las limitaciones de una enfermedad, desde niña. Sin embargo,
desde mi corta experiencia con el dolor, puedo afirmar lo que he señalado más
arriba: el amor, los abrazos, las risas, los juegos y las caricias, son la base
interna de la sanación.
Cuando
hay amor, aunque siga existiendo el dolor y en ocasiones la pena, todo se hace
mucho más fácil y fluido.
Los
enfados, las riñas o los malos ambientes (creados en muchas ocasiones por los
adultos), hacen que el dolor se multiplique por diez y que las tristezas no nos
dejen disfrutar de esos pequeños seres, llenos de luz y de sabiduría.
Riamos
por ellos y con ellos.
Hagamos
de la vida ese lugar mágico que ya es.
Sigamos
el ejemplo de los más sabios.
Seamos
de nuevo niños.
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miércoles, 16 de octubre de 2013
Sin miedo al amor
Las
relaciones suelen fracasar por falta de comunicación. También por miedo.
Todos
tenemos necesidad y deseos de ser amados y de gustar a los demás.
En
muchas ocasiones, dejamos de ser nosotros mismos, para no hacer sentir mal a
los otros, y poder encajar en un grupo o en una relación de dos.
Cuando
no sabemos decir que no, podemos terminar haciendo y siendo alguien que no
somos o que no queremos ser.
El
miedo a no tener o ser amado, también puede ser miedo a estar solos.
Hay
veces que por miedo (a cualquier cosa, miedo al amor, miedo al dolor, miedo al
miedo), vivimos a la sombra de una o de varias personas.
El
amor hacia nosotros mismos es la clave para que no nos dejemos llevar por el
miedo.
Cerrar
los ojos y asentir ante cualquier contrariedad, no te hará ser una persona más
feliz.
Por
mucho que obedezcas a ese ser al que amas, no significa que tanto tú como el
otro, estaréis muy contentos.
Los
derechos de los demás, comienzan donde terminan los tuyos, y tú eres la que ha
de llevar las riendas de tu felicidad.
Cualquier
cosa que no te haga del todo feliz… No la hagas. El amor no es sufrimiento ni
despojarse de todo.
El
amor es incondicional. Las condiciones, las creamos nosotros (y los demás), por
miedo. Miedo al abandono, miedo a la soledad, miedo a la vida…
Cuando
vives en una relación o te rodean personas, que realmente te aman, no sientes
miedo ni manipulación.
No
tienes por qué tener miedo de hacer lo que te gusta, ni de decir lo que quieres
o sientes.
Analiza
las relaciones que tienes con las personas que amas…
¿Actúas
en más de una ocasión por miedo o por el que dirán? ¿Vives más pendiente de la
felicidad de los otros, que de tu propia felicidad?
Si
tus respuestas son afirmativas, comienza a cambiar tu forma de ver y de sentir
amor.
No
hay nadie tan importante, para que tú creas que mereces menos que el otro o los
otros.
Tú
eres una persona muy importante.
Que
no se te olvide.
Actúa
como si no hubiera temor ni impedimentos.
No
los hay.
Muchas
veces es nuestra mente la que nos pone los límites.
Deja
de tener miedo.
¡Ama!
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Claves para amar
El amor parece algo abstracto. Desde pequeños, aprendemos el
concepto de amor y muchos lo asocian a vivir para los demás o que éstos vivan
para ti.
Sin embargo, el amor no es un concepto. Y tampoco algo que
aprender a sentir.
El amor está en ti. En como vives y en como piensas.
Dejar de ser tú mismo por "amar" a otro, no es
amor, puesto que dejas de amarte a ti misma.
Dejar de hacer lo que te gusta por otros, tampoco es amor,
puesto que te dejas de lado a ti mismo.
Darlo todo, sin pensar en ti y en tus necesidades, es el
camino más sencillo para enfermar y para sentirte cansado.
Confundimos a menudo, la palabra amor, con el amor.
Si no nos amamos a nosotros mismos, el amor se disuelve y
deja de ser amor.
Cinco claves para amar:
1. Sé feliz. Cada día es una aventura mágica. La vida es ahora.
2. Respétate. Hazte caso. Si tu cuerpo te pide que pares,
párate.
3. Disfruta de lo que haces y disfruta de las cosas que te
gustan.
4. Date tiempo. Pasa tiempo a solas, medita, pasea o baila,
dejando los pensamientos de lado.
5. Comparte. Si te apetece compartir con otros, hazlo.
Ofrece abrazos, habla sin resentimientos, disfruta de los demás.
Ahora me gustaría que hicieras el siguiente ejercicio de
visualización:
Cierra los ojos y
respira profundamente tres veces.
Siente como cada
parte de tu cuerpo se relaja y como tu mente se centra en la respiración, que
poco a poco, se hace cada vez más y más lenta y tranquila.
Ahora imagina que de
tu cuerpo comienza a salir vapor de color rosa.
Sale de todas partes:
de tu cabeza, de tu espalda, de tus manos, de tu barriga, de tus piernas, de
tus pies...
Siente la calidez del
vapor que va inundando todo tu cuerpo.
Respira profundamente
una vez.
Visualiza como el
vapor se va convirtiendo en algo más sólido y cambia a una cápsula que te
envuelve como si fuera el capullo de seda del gusano que se está transformando
en mariposa.
Imagina tu cuerpo
desnudo y cálido dentro de esa cápsula y siente el silencio y la calma que
desprende.
Estás muy relajada y
te sientes muy feliz y tranquila.
Todo está bien.
Sientes que eres
parte de esa cápsula y notas como te vas disolviendo en ella. Tu cuerpo ya no
está físicamente allí.
La cápsula rosa
comienza a emanar mucha luz blanca, por dentro y por fuera.
Eres luz.
Siente las
sensaciones que te produce estar sin realmente estar allí.
Todo es silencio y
calma.
Respira profundamente
una vez.
Vuelve a notar cada
parte de tu cuerpo.
Has regresado del
viaje.
Abre los ojos.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Amor sin condiciones
Aprende a valorarte.
Tú eres alguien especial y lleno de cosas buenas y positivas.
Nadie es mejor que nadie.
Tú no eres menos que otras personas.
Algunos viven sin amor. No saben, no quieren o les da miedo amar.
Otros dicen que el amor no existe. Que eso es cosa de románticos, nada más.
Muchos se esconden en sus quehaceres diarios, para ocultar que no saben dar cariño a nadie. Ellos no se quieren. No se valoran como merecen.
Saber amar sin condiciones, es un paso para ser más felices.
Es difícil amar a otros sin condiciones, si no te amas a ti mismo de igual forma.
A veces, el amor se maquilla de necesidad o de deseo. Pero no deja de ser una ilusión.
Dependemos de los otros, y les ofrecemos nuestro cariño, si y solo si, creemos que lo merecen. No antes.
Ese amor con condiciones, nos paraliza y nos ata a todos los niveles (sobre todo a nivel emocional).
Y no solo ocurre, en relaciones de pareja, sino en cualquier tipo de relaciones (con tus hijos, tu madre, tu padre, tus hermanos, tus amigos…):
- Si lo haces bien, te lo compro…
- Si no me haces caso, es que no me quieres…
Y el condicionamiento se va haciendo más y más grande. Llegamos a veces al chantaje emocional (y sin darnos casi cuenta). Decimos que amamos a esos seres que nos rodean y que tenemos más cercanos. Pensamos que nos amamos a nosotros mismos. Decimos que somos felices… que ese amor es suficiente. Pero… ¿Es realmente amor? ¿Es de verdad suficiente?
Todos necesitamos amar y que nos amen. Y sobre todo, todos y todas, necesitamos amarnos a nosotros mismos sin condiciones.
Muchos de los problemas que tenemos o que generamos, vienen de esa falta de amor hacia nosotros. Si no sabemos amarnos, nos cuesta amar a los otros, ya que una parte importante para amar al que tenemos delante, es ser feliz. Y si no nos mimamos o no nos valoramos o si no nos queremos a nosotros mismos… ¿somos de verdad felices?
Tus pensamientos negativos hacia ti misma, no te ayudan para que esa felicidad aumente. Tu entorno, lo ve. Lo sabe. No eres del todo feliz. Te falta algo y no sabes decir qué (“pero si tengo una familia estupenda”, “si mi trabajo me llena”, “si me encanta leer y disfruto con ello”). Y te preguntas… ¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo ser del todo feliz?
Obsérvate. Analiza como te tratas a ti mismo. Lo que te dices, como son de altas tus metas y tus expectativas de cómo deben de ser las cosas, tu modo de reír o de andar.
Observa cuanto te juzgas a ti mismo y cuanto juzgas a los demás.
Baja el listón si lo tienes muy alto. Deja de juzgar y la vida será más sencilla.
Comienza a quererte un poquito más.
Eres una persona maravillosa y mereces todo lo bueno que te pase.
No lo dudes.
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