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lunes, 7 de marzo de 2016

Abrazos de oso

Erase una vez un oso panda al que le gustaba mucho dar abrazos gigantes.

El oso vivía en un bosque, rodeado de otros animales.

El bosque era un lugar mágico, donde multitud de especies se reunían alrededor del árbol central. Un gran árbol centenario que había visto y vivido muchas experiencias.

El protagonista de nuestra historia, el oso al que le gustaba dar abrazos, tenía un pequeño amigo cerdo. Un animal arisco y al que no le gustaba nada el contacto.

Oso le pedía todos los días un abrazo pero el pequeño cerdo amarillo nunca le hacía caso.

Así que el oso decidido le dijo:

- No pasa nada. Tú eres así. Mi amigo... todos los días te daré yo un abrazo aunque tú no lo quieras.

El cerdo al ver aquella actitud, optó por evitar al oso.

Y lo consiguió durante muchas semanas, hasta que una tarde oso le dio un abrazo de oso gigante al pequeño cerdo.

Lo hizo de espaldas y con muchas ganas.

El cerdito se quedó petrificado y comenzó a llorar.

Todas las mañanas oso abrazaba a cerdo con mucho cariño y poco a poco el llanto del cerdito se fue transformando en una gran sonrisa.

- Muchas gracias - Le dijo cerdo a oso - Necesitaba mil abrazos. A partir de hoy seré yo el que te daré los abrazos.

Desde ese día oso y cerdo se abrazan cada día y disfrutan el uno del otro en mitad del bosque mágico. Rodeados de vida y de amor.


miércoles, 23 de abril de 2014

“Los últimos seres de la tierra”

Corría deprisa entre la gente.
Su mirada pérdida denotaba que algo no muy bueno le había ocurrido.
Quien se cruzaba con él, se podía imaginar que acudía a un velatorio de algún familiar cercano, o quizás al hospital más próximo.
Sus facciones no daban lugar a dudas: era una persona triste.
Cuando por fin llegó a su destino, el que tanto corría sin hacer caso omiso a nada ni a nadie, se detuvo en seco en la puerta de un gran edificio.
Arriba de la entrada se podía leer en letras grandes y llamativas: Martínez e hijos.
El hombre agachó la cabeza, tragó saliva y entró con poca decisión en el portal.
Allí, un señor de unos setenta años, le saludó sin mucha efusividad.
- Buenas madrugadas – Le dijo – Ya llega tarde. Están todos arriba.
El chico triste, volvió a tragar saliva y asintió levemente.
Cogió el ascensor más cercano a las escaleras y se dejó caer en el cristal.
Era un día duro. Su rostro seguía triste, pero poco a poco, fue tornándose diferente… Una gran sonrisa forzada inundó su cara de alegría fingida.
- Muy buenos días – Expresó nada más llegar al octavo piso – Creo que hoy es el mejor día del mundo.
Con la voz en falsete, el hombre se arrastró con la cabeza gacha hacía el despacho de su jefe.
- Papá – Comenzó a decir el joven – Hoy me voy. He venido temprano para avisarte y no dejarte las cosas sin resolver.
El padre lo miró sin expresión alguna y le ordenó con un gesto, que se sentará junto a los demás empleados.
- La vida se nos está yendo de las manos – Continuó el hombre de negocios – Hay que darle un vuelco a nuestros objetivos. Hay que ser más listos que los demás.
El chico levantó la mano en un intento de que le hicieran caso.
- ¡Eso es exactamente lo que yo digo! – Gritó – Hoy me voy – Volvió a decir.
Nadie le hizo caso.
El ambiente gris que asfixiaba el lugar, era cada vez más palpable.
Nadie dejaba de sonreír con las ganas de un animal recién apresado. Entonces ocurrió.
Detrás de la ventana doble que debía iluminar la habitación, si hubiera sido más de día fuera, cientos de pájaros se golpearon una y otra vez.
Nadie hizo caso.
Solo el chico con cara triste, decidió decir de nuevo algo:
- Es el fin del mundo – Señaló con fuerza – Hoy nos vamos todos.
Esta vez una mujer mayor, lo miró y asintió.
- Ya todo se acaba – Dijo la mujer – Y aquí estamos nosotros como si fueranos a vivir cien años – Dio la impresión de que sonreía – No es momento de reuniones señores… Hoy nos vamos todos.
Sin miedo al final, el hombre que tanto había corrido para llegar a su lugar de trabajo, se desprendió de la corbata y se sentó desganadamente en una de las sillas con ruedas de la estancia.
- Por fin sabremos que hay al otro lado – Dijo.
Su padre continuó la charla sin pestañear.
- Somos los líderes del sector y nada nos puede parar – Enunció – Ni siquiera el fin del mundo.
Todos se miraron entre sí y casi todos aceptaron las palabras del jefe.
La mujer que había hablado se levantó y se dirigió al lado del hombre de negocios. Tocándole el brazo dijo:
- Déjalo cariño – Suspiró – Tu hijo lleva razón. Ya no habrá mañana y nada de esto tiene sentido. Vayamos a casa y terminemos de forma más humana.
El chico sonrió, esta vez de verdad, y abrazó a su madre.
- Creía que era el único que se daba cuenta del final – Dijo – Menos mal que tú también comprendes las cosas.
La madre asintió, agarró la mano de su hijo y salieron de la amplia habitación.
Ya en la calle, todo estaba en su lugar. Nadie parecía haberse percatado del fin. Ruido de coches, autobuses llenos de gente… Todo era un caos propio del fin del mundo…
A pesar de todo, solo la madre y el hijo iban hacía su casa, con las manos entrelazadas y con una expresión de paz en el rostro.
- Mamá – Dijo el joven - ¿Por qué hoy sí te has venido conmigo?
El chico parecía sorprendido.
- Es la primera vez que te creo – Le dijo la madre – Aunque llevas haciendo esto todas las semanas desde hace veinte años, hoy me he dado cuenta de que los locos son ellos.
El joven sonrió.
- Mamá – Susurró - ¿Vendrás conmigo la semana que viene para convencerles?
La mujer seria pero tranquila, afirmó:
- No solo vendré contigo hijo – Hizo una pausa – Sino que todo cobrará sentido para tu padre y hermanos. Tienen que despertar y darse cuenta del error en el que viven…
Caminaban tan despacio que parecían hacerlo a cámara lenta.
Como si de una película se tratara, la muchedumbre casi los atravesaba sin reparo.
- Ya somos de nuevo invisibles – Dijo el joven – Chocan con nosotros y ni nos miran.
- Vaya… Lo siento por todos – Expresó la madre – Parece que seremos los únicos en el fin del mundo conscientes de los acontecimientos.
Apretó con fuerza la mano de su hijo y continuaron caminando entre la gente, convencidos de que lo importante estaba junto a ellos. Se miraron y aceptaron ser los últimos seres de la tierra. Ese era su final. Y estaban conscientes.
Felices, se abrazaron y se dejaron caer en un banco de la calle.
Una pareja de ancianos, pasó despacio cerca de ellos y los miraron:
- Mira – Dijo el hombre mayor – Ahí están otra vez esos pordioseros.
- No les llames así – Le regañó la anciana – Seguro que saben más que muchos de nosotros. Dales ya la limosna para el café y vámonos a casa.
La madre y el hijo, agradecieron el gesto, no sin antes anunciarles el fin:
- Es el final para todos – Dijeron al unísono – Quiéranse hoy. Dense abrazos. Llamen a sus hijos. Sonrían. Bailen. Caminen con felicidad. Hoy es el fin del mundo. Avisados quedan.


miércoles, 19 de marzo de 2014

El amor y la muerte

Hace pocos días en España, falleció una niña que participaba en un programa televisivo, debida a una larga enfermedad.
Esa noticia, nos abrió un poco los ojos a la realidad de muchas personas, entre ellas niños y niñas de corta edad.
La muerte forma parte de nuestra vida, aunque no queramos verla ni pensar en ella.
Cuando le ocurre a alguien con tan poco tiempo vivido, casi siempre nos lamentamos por él y por sus familiares y seres queridos. Lo mismo ocurre, cuando sabemos de niños con enfermedades incapacitantes.
Aceptar la enfermedad y la muerte, no significa someternos a la aflicción y a la pena, sino todo lo contrario.
Aprendemos de todos y de todo.
Los niños también son maestros.
Ellos, cuando se enfrentan a situaciones dolorosas y difíciles, se muestran muchas veces, más maduros que los propios adultos.
Cuando crecemos, nos vamos llenando de miedos y de estereotipos.
Cuando somos pequeños, disfrutamos del ahora, aún inconscientemente, quizás, como nunca lo haremos.
Un niño o una niña enferma, son pequeñas luces en nuestro camino.
Luces que nos hablan acerca de lo importante de la vida y de su inseparable muerte.
El amor, aunque suene poco actual en estos tiempos repletos de materialismo, es la clave de la felicidad y de esta vida, que anhelamos experimentar con todos nuestros sentidos.
En algún lugar del mundo, existe ahora mismo un gran maestro o maestra, ofreciendo su sabiduría y amor, a los seres que los rodean.
No están tristes, aunque sientan dolor. Siguen jugando, a pesar de las heridas.
Son pequeños grandes héroes, en los que no me incluyo por supuesto, a pesar de haber convivido con las limitaciones de una enfermedad, desde niña. Sin embargo, desde mi corta experiencia con el dolor, puedo afirmar lo que he señalado más arriba: el amor, los abrazos, las risas, los juegos y las caricias, son la base interna de la sanación.
Cuando hay amor, aunque siga existiendo el dolor y en ocasiones la pena, todo se hace mucho más fácil y fluido.
Los enfados, las riñas o los malos ambientes (creados en muchas ocasiones por los adultos), hacen que el dolor se multiplique por diez y que las tristezas no nos dejen disfrutar de esos pequeños seres, llenos de luz y de sabiduría.
Riamos por ellos y con ellos.
Hagamos de la vida ese lugar mágico que ya es.
Sigamos el ejemplo de los más sabios.
Seamos de nuevo niños.


miércoles, 16 de octubre de 2013

Sin miedo al amor

Las relaciones suelen fracasar por falta de comunicación. También por miedo.
Todos tenemos necesidad y deseos de ser amados y de gustar a los demás.
En muchas ocasiones, dejamos de ser nosotros mismos, para no hacer sentir mal a los otros, y poder encajar en un grupo o en una relación de dos.
Cuando no sabemos decir que no, podemos terminar haciendo y siendo alguien que no somos o que no queremos ser.
El miedo a no tener o ser amado, también puede ser miedo a estar solos.
Hay veces que por miedo (a cualquier cosa, miedo al amor, miedo al dolor, miedo al miedo), vivimos a la sombra de una o de varias personas.
El amor hacia nosotros mismos es la clave para que no nos dejemos llevar por el miedo.
En la situación actual, en la que los gobiernos se enriquecen cada día más, a costa de los que menos recursos tienen, sentirnos queridos y amados es importante. Pero no solo, por personas de nuestro entorno o de fuera, sino sobre todo, por nosotros mismos.
Cerrar los ojos y asentir ante cualquier contrariedad, no te hará ser una persona más feliz.
Por mucho que obedezcas a ese ser al que amas, no significa que tanto tú como el otro, estaréis muy contentos.
Los derechos de los demás, comienzan donde terminan los tuyos, y tú eres la que ha de llevar las riendas de tu felicidad.
Cualquier cosa que no te haga del todo feliz… No la hagas. El amor no es sufrimiento ni despojarse de todo.
El amor es incondicional. Las condiciones, las creamos nosotros (y los demás), por miedo. Miedo al abandono, miedo a la soledad, miedo a la vida…
Cuando vives en una relación o te rodean personas, que realmente te aman, no sientes miedo ni manipulación.
No tienes por qué tener miedo de hacer lo que te gusta, ni de decir lo que quieres o sientes.
Analiza las relaciones que tienes con las personas que amas…
¿Actúas en más de una ocasión por miedo o por el que dirán? ¿Vives más pendiente de la felicidad de los otros, que de tu propia felicidad?
Si tus respuestas son afirmativas, comienza a cambiar tu forma de ver y de sentir amor.
No hay nadie tan importante, para que tú creas que mereces menos que el otro o los otros.
Tú eres una persona muy importante.
Que no se te olvide.
Actúa como si no hubiera temor ni impedimentos.
No los hay.
Muchas veces es nuestra mente la que nos pone los límites.
Deja de tener miedo.
¡Ama!


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Claves para amar


El amor parece algo abstracto. Desde pequeños, aprendemos el concepto de amor y muchos lo asocian a vivir para los demás o que éstos vivan para ti.

Sin embargo, el amor no es un concepto. Y tampoco algo que aprender a sentir.

El amor está en ti. En como vives y en como piensas.

Dejar de ser tú mismo por "amar" a otro, no es amor, puesto que dejas de amarte a ti misma.

Dejar de hacer lo que te gusta por otros, tampoco es amor, puesto que te dejas de lado a ti mismo.

Darlo todo, sin pensar en ti y en tus necesidades, es el camino más sencillo para enfermar y para sentirte cansado.

Confundimos a menudo, la palabra amor, con el amor.

Si no nos amamos a nosotros mismos, el amor se disuelve y deja de ser amor.

Cinco claves para amar:

1. Sé feliz. Cada día es una aventura mágica. La vida es ahora.

2. Respétate. Hazte caso. Si tu cuerpo te pide que pares, párate.

3. Disfruta de lo que haces y disfruta de las cosas que te gustan.

4. Date tiempo. Pasa tiempo a solas, medita, pasea o baila, dejando los pensamientos de lado.

5. Comparte. Si te apetece compartir con otros, hazlo. Ofrece abrazos, habla sin resentimientos, disfruta de los demás.


Ahora me gustaría que hicieras el siguiente ejercicio de visualización:

Cierra los ojos y respira profundamente tres veces.

Siente como cada parte de tu cuerpo se relaja y como tu mente se centra en la respiración, que poco a poco, se hace cada vez más y más lenta y tranquila.

Ahora imagina que de tu cuerpo comienza a salir vapor de color rosa.

Sale de todas partes: de tu cabeza, de tu espalda, de tus manos, de tu barriga, de tus piernas, de tus pies...

Siente la calidez del vapor que va inundando todo tu cuerpo.

Respira profundamente una vez.

Visualiza como el vapor se va convirtiendo en algo más sólido y cambia a una cápsula que te envuelve como si fuera el capullo de seda del gusano que se está transformando en mariposa.

Imagina tu cuerpo desnudo y cálido dentro de esa cápsula y siente el silencio y la calma que desprende.

Estás muy relajada y te sientes muy feliz y tranquila.

Todo está bien.

Sientes que eres parte de esa cápsula y notas como te vas disolviendo en ella. Tu cuerpo ya no está físicamente allí.

La cápsula rosa comienza a emanar mucha luz blanca, por dentro y por fuera.

Eres luz.

Siente las sensaciones que te produce estar sin realmente estar allí.

Todo es silencio y calma.

Respira profundamente una vez.

Vuelve a notar cada parte de tu cuerpo.

Has regresado del viaje.

Abre los ojos.


miércoles, 18 de mayo de 2011

Amor sin condiciones


Aprende a valorarte.

Tú eres alguien especial y lleno de cosas buenas y positivas.

Nadie es mejor que nadie.

Tú no eres menos que otras personas.


Algunos viven sin amor. No saben, no quieren o les da miedo amar.

Otros dicen que el amor no existe. Que eso es cosa de románticos, nada más.

Muchos se esconden en sus quehaceres diarios, para ocultar que no saben dar cariño a nadie. Ellos no se quieren. No se valoran como merecen.


Saber amar sin condiciones, es un paso para ser más felices.

Es difícil amar a otros sin condiciones, si no te amas a ti mismo de igual forma.


A veces, el amor se maquilla de necesidad o de deseo. Pero no deja de ser una ilusión.

Dependemos de los otros, y les ofrecemos nuestro cariño, si y solo si, creemos que lo merecen. No antes.


Ese amor con condiciones, nos paraliza y nos ata a todos los niveles (sobre todo a nivel emocional).

Y no solo ocurre, en relaciones de pareja, sino en cualquier tipo de relaciones (con tus hijos, tu madre, tu padre, tus hermanos, tus amigos…):

- Si lo haces bien, te lo compro…


- Si no me haces caso, es que no me quieres…

Y el condicionamiento se va haciendo más y más grande. Llegamos a veces al chantaje emocional (y sin darnos casi cuenta). Decimos que amamos a esos seres que nos rodean y que tenemos más cercanos. Pensamos que nos amamos a nosotros mismos. Decimos que somos felices… que ese amor es suficiente. Pero… ¿Es realmente amor? ¿Es de verdad suficiente?


Todos necesitamos amar y que nos amen. Y sobre todo, todos y todas, necesitamos amarnos a nosotros mismos sin condiciones.

Muchos de los problemas que tenemos o que generamos, vienen de esa falta de amor hacia nosotros. Si no sabemos amarnos, nos cuesta amar a los otros, ya que una parte importante para amar al que tenemos delante, es ser feliz. Y si no nos mimamos o no nos valoramos o si no nos queremos a nosotros mismos… ¿somos de verdad felices?


Tus pensamientos negativos hacia ti misma, no te ayudan para que esa felicidad aumente. Tu entorno, lo ve. Lo sabe. No eres del todo feliz. Te falta algo y no sabes decir qué (“pero si tengo una familia estupenda”, “si mi trabajo me llena”, “si me encanta leer y disfruto con ello”). Y te preguntas… ¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo ser del todo feliz?


Obsérvate. Analiza como te tratas a ti mismo. Lo que te dices, como son de altas tus metas y tus expectativas de cómo deben de ser las cosas, tu modo de reír o de andar.

Observa cuanto te juzgas a ti mismo y cuanto juzgas a los demás.

Baja el listón si lo tienes muy alto. Deja de juzgar y la vida será más sencilla.


Comienza a quererte un poquito más.

Eres una persona maravillosa y mereces todo lo bueno que te pase.

No lo dudes.