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miércoles, 22 de octubre de 2014

Eres como vives

He conocido un anciano que vivió una guerra.
Sus manos huesudas y su tez oscura, resaltan las horas de miedos, dolencias y preocupaciones que ha vivido.
A pesar de todo, ese hombre es una persona con una visión clara y una mente optimista.
Cree en el poder de cada uno para superar lo indecible. Siente que todo lo bueno siempre está a la vuelta de la esquina.
Él ya está solo en su día a día. Camina despacio en la residencia donde está aparcado, y sin embargo no se siente apartado.
Conoce bien las nuevas tecnologías y a cada rato, mira el teléfono con intención de intervenir en las redes sociales.
Está encendido en su afán por ser escuchado. Dice que hay tanta gente como él viviendo fuera de la sociedad, y que conocen tantas experiencias pasadas, que no entiende porque no quieren escucharlos.
Si no aprendemos del pasado, comenta, no seremos capaces de hacer el futuro.
Sus hijos van a verle solo ocasionalmente, y como cada tarde se acerca a la sala de rehabilitación a ejercitar su limitado cuerpo.
Me cuenta que de joven estuvo viviendo lejos. Tuvo que buscarse la vida fuera. Hoy está feliz de estar de vuelta. Y observa con recelo como todos los recursos que necesitamos están aquí. No hay necesidad, apunta, de ir a ninguna parte. Tan solo es necesario que se equilibren esos recursos.
Como el gran sabio que es, disfruta de las horas perdidas. Donde él vive no hay mañana. Solo el ahora, que lo rodea todo. En ocasiones la rutina fulminante de la tarde lo hace desvanecerse en el silencio de sus ojos. Y cae en un profundo sueño. Cuando despierta tiene ganas de jugar al dominó, de merendar y de seguir contando sus experiencias.
Nada le calla. Y casi nada le cansa. Tan solo la quietud de quienes dicen ser jóvenes y adultos.
No hay diferencias entre él y sus hijos o entre sus hijos y sus nietos. Él lo ha vivido y sabe que su cuerpo es solo eso… Un cuerpo. Nada más que una funda rellena de quién siempre ha sido. Dice que se siente más atlético y fuerte que nunca. A pesar de su aspecto, el anciano es un niño.
Pienso en quedarme con él toda la noche escuchando sus pericias por vivir, cuando una amable señorita me invita cortésmente a irme. No se permiten más visitas… Y aunque no son ni las 8 de la tarde, el grupo de quienes seremos muchos de nosotros en pocos años, se ponen en fila esperando para entrar en el comedor.
Algunos no saben si tienen hambre, otros tienen los ojos empañados por el adiós de sus familiares, y otros caminan con el ímpetu de alguien que nunca ha comido.
Todos ellos somos nosotros mismos. Tú, tu pareja, tus padres, tus hijos, tus nietos… Todos y cada uno de nosotros, viviremos en esos experimentados cuerpos. Tú también te sentirás joven a pesar de tu experiencia, aunque los demás te traten como si no supieras nada. Vivirás más pronto que tarde en un lugar que no es tu casa, con personas que no conoces, con dolencias que no alcanzas a imaginar. Serás parte de esa parte de la población que grita para ser oída, que lucha cada día por vivir feliz sin más miedos y preocupaciones.
De hecho… ya eres uno de ellos. Todos somos ese anciano y anciana que conocemos.
El pasado no existe. Es solo una ilusión. El futuro solo está proyectado en tu mente. El presente te envuelve a cada respiración. Eres una luz en el camino. Una fuerza similar a una enorme ola, que nunca termina de romper en las rocas.
Vive cada día como si fuera el último. No esperes para hacer las cosas que deseas. Hazlas.
Eres como has vivido. Eres como vives.
Disfruta de cada instante y aprende a cada momento.
Hay tantas cosas por descubrir…
Recuerda: ¡Vive ahora!



miércoles, 12 de marzo de 2014

Resiliencia

Cuando era pequeña perdí la flexibilidad física. La rigidez de mis articulaciones, me dejaba inmóvil y asustada por el dolor.
Hasta los ocho años, era capaz de patinar y caerme miles de veces al suelo, casi sin inmutarme. No le daba importancia a esa flexibilidad que tenía, simplemente disfrutaba de ella.
Cuando tuve que cambiar mis hábitos y mi forma de hacer las cosas, me di cuenta de lo que había “perdido”. Mi mente en esos momentos, acompañaron a mi cuerpo y cada vez me costó más trabajo relacionarme con los de mi entorno. A pesar de todo, no dejé de jugar ni de cantar o escribir. Con los años, mi cuerpo siguió sin flexibilidad, pero mi mente fue adaptándose y aprendiendo a serlo.
Gracias a la capacidad de adaptación, podemos modificar muchas costumbres ancladas en nosotros. Sean positivas o no.
Todos y todas, tenemos esas habilidades para ser más flexibles. También podemos aprenderlas.
Las capacidades de nuestra mente son asombrosas.
Tú eres igual de sabia que la naturaleza. En ella, algunas de sus especies vegetales, como el junco, se doblan ante las circunstancias.
Tú, aunque no tengas flexibilidad física, puedes ser igual de elástico que un junco.
Ante lo que piensas que son problemas, puedes actuar de dos formas: afrontándolos activamente y poniendo los medios para superarlos. O quedarte rígido e inmóvil.
Si actúas de la primera manera, te beneficiarás de esos problemas a pesar de no ser positivos. Pero si, te quedas inerte y no buscas como salir adelante, seguramente serás más vulnerable a los padecimientos o dolencias.
Escúchate... ¿Eres de esas personas que están todo el día, agobiadas y quejándose? Ante un acontecimiento nimio ¿Te enfureces de forma exacerbada? Si es así, puede que no estés poniendo en práctica, la resiliencia.
Comienza como siempre: poco a poco. Una mirada optimista o una afirmación positiva cada día cuando te levantas, hará que tú día sea algo mejor.
Cree que eres flexible. Lo eres.
Deja que la naturaleza fluya a través de tus pensamientos e ideas. Sé tú la que lleve a tu mente hacia esa elasticidad tan necesaria.
Levanta del sofá de tu cabeza y comienza hoy mismo a tener más flexibilidad.
Sabes que puedes hacerlo.
Tú eres el creador de tu historia…
¿Qué personaje quieres ser hoy?

;)


miércoles, 10 de julio de 2013

Eres como vives

Mi abuelo, el padre de mi madre, tuvo un ictus cuando ya había cumplido los 70 años.
En vez de achicarse ante las secuelas que el ictus le dejó (perdió la movilidad de la parte derecha de su cuerpo, y no era zurdo), tomó la decisión de no parar de hacer rehabilitación, hasta que pudiera volver a firmar por su propia mano.
Así, que todos los días, durante horas y durante largos meses, hizo todo tipo de ejercicios en casa.
Hacia bicicleta estática cada día, con constancia y sin dejarlo nunca para mañana.
Por supuesto que al principio, apenas movía los pedales, pero poco a poco, y con su esfuerzo, consiguió recobrar parte de esa movilidad perdida.
Al final, consiguió firmar con su mano, como deseaba y andar con bastón.
Cuando nos enfrentamos a situaciones nuevas y que nos modifican nuestra forma de vivir, tenemos varias opciones y modos de afrontar los acontecimientos.
Mi abuelo reaccionó como él era. Como él había vivido siempre.
Sin miedos ni sentimientos de incapacidad, se propuso una meta y fue a por ella.
En ocasiones escucho decir a algunas personas: “No podemos saber cómo reaccionaremos ante esa situación tan trágica”…
En parte es cierto, ya que ante vivencias que nunca hemos experimentado, no tenemos un punto de referencia por el que guiarnos.
Pero, todos y todas, en algún momento de nuestra vida, hemos afrontado retos. De hecho, desde bebés lo hacemos. Entonces, casi todo es nuevo y cada nueva meta requiere de todo nuestro esfuerzo. Si no fuera así, continuaríamos en pañales y sin dar un solo paso…
Somos adaptativos. Tenemos esa capacidad de adaptación, que nos hace aprender de cada situación que nos encontramos y amoldarnos a ella.
Deja de mirar de reojo a los demás. Deja de pensar que tu vida no vale tanto.
Eres una persona valiosa y llena de aspectos positivos.
Atrévete a confiar en ti misma.
Sé el ser especial que ya eres.
¡Vive como eres!